«El mundo no es lo que veo, sino lo que vivo.»
En la vida cotidiana, percibir se nos impone como algo obvio, sin necesidad de justificación. Vemos una silla, oímos una voz, sentimos un perfume, todo sin esfuerzo, sin duda, sin distancia. Sin embargo, esta aparente simplicidad oculta un proceso complejo: como lo mostró Edmund Husserl —padre de la fenomenología— percibir es mucho más que recibir pasivamente sensaciones. Es constituir un mundo, darle sentido, habitarlo con todo nuestro ser. Esta capacidad de vivir el mundo como algo familiar, coherente y estable no es una simple costumbre: es una forma de evidencia inmediata, previa a toda reflexión, sobre la que se sostiene nuestra experiencia cotidiana.
Pero ¿qué ocurre cuando esta capacidad de dar sentido se debilita? ¿Cuando dejamos de reconocer nuestro entorno como familiar? La experiencia de la esquizofrenia, y especialmente sus primeros signos, ofrece un acceso privilegiado a esta pregunta. Los análisis de Husserl y Thomas Fuchs nos permiten comprender que la realidad, lejos de estar simplemente dada, se constituye sin cesar, y que cuando este trabajo se desorganiza, emerge un mundo desgarrado entre extrañeza radical y percepción delirante.
Percibir es hacer mundo
Para entender lo que ocurre en la percepción esquizofrénica, es necesario volver primero a la manera en que percibimos normalmente. Para Husserl, toda percepción es intencional: siempre está dirigida hacia algo. Pero no se contenta con “recibir” un objeto; lo constituye como unidad dotada de sentido, a partir de sus diferentes apariencias. El objeto nunca se da de una sola vez: se presenta bajo cierto ángulo, en cierta luz, en un momento dado. Sin embargo, a través de esta perspectiva limitada, captamos la cosa misma en su unidad. No vemos simplemente una superficie coloreada, sino una taza, una silla, un rostro — con su función, su uso, su pertenencia a un mundo común.
Este proceso se basa en una serie de operaciones discretas pero fundamentales: la identificación de un objeto como el mismo a lo largo del tiempo, el reconocimiento de su función, su inserción en un contexto familiar. Así, no veo simplemente una mesa; veo una mesa servida, lista para una comida, en una habitación que reconozco como el comedor. La percepción no nos da solamente objetos: nos da situaciones cargadas de sentido, inmediatamente comprensibles.
Esta inteligibilidad inmediata del mundo constituye lo que podríamos llamar la evidencia perceptiva. Se apoya en un doble anclaje: por un lado, en la orientación de nuestra conciencia hacia las cosas; por otro, en nuestra inserción corporal en un entorno. Porque nuestro cuerpo no es un simple receptáculo de estímulos: es el punto de anclaje a partir del cual el mundo se vuelve accesible. Ver una taza sobre la mesa también es saber que puedo alcanzarla, tomarla, llevarla a mis labios. Esta relación encarnada con las cosas teje una familiaridad tácita, una red de significados prácticos que hacen posible la vida ordinaria.
Cuando el mundo se deshace: percepción delirante y experiencia esquizofrénica
Ahora bien, como lo analizó Thomas Fuchs a partir de Husserl, en las primeras fases de la esquizofrenia, esta evidencia del mundo se derrumba. Algunos pacientes describen su entorno como artificial, escenificado, como un decorado teatral. Las calles parecen vacías de vida real, los transeúntes se asemejan a marionetas. Lo que antes era obvio se vuelve repentinamente problemático, sospechoso, opaco. El universo familiar se transforma en un espacio enigmático.
Este vuelco puede entenderse como una desorganización progresiva de la percepción. Las operaciones silenciosas que permitían reconocer los objetos, situarlos en una trama de sentido, inscribirlos en un mundo compartido, se ven alteradas. La percepción ya no logra constituir las cosas en su unidad ni en su significado ni el sujeto reconoce ya la situación en la que se encuentra, como si los objetos hubiesen cesado de cumplir su función habitual. Lo que antes era evidente se vuelve inquietante, extraño, incluso amenazante.
Pero no es la ausencia de sentido lo que es característico de la disrupción de un mundo que se mostraba familiar; al contrario, es su exceso y sobrecarga. El entorno se satura de significados ambiguos, personales, muchas veces inquietantes. Un hombre que cojea puede parecer una encarnación del diablo. El timbre de una campana puede anunciar una catástrofe. Objetos perfectamente ordinarios adquieren un valor simbólico intenso. Este fenómeno, conocido como “percepción delirante”, no es una alucinación en sentido estricto: el objeto está ahí, pero su significado se deforma, se amplifica, se vuelve extraño.
Esta transformación del vínculo con el mundo no concierne únicamente a los objetos percibidos, sino también al cuerpo del sujeto. Algunos pacientes dicen sentir ciertos objetos como si penetraran en su cuerpo, como si se fusionaran con ellos. Un sonido metálico puede convertirse en una sensación física; una mirada puede parecer entrar por la frente; una tensión puede necesitar ser “evacuada” caminando. El mundo ya no se mantiene a distancia: actúa directamente sobre el cuerpo, sin esa mediación silenciosa que, por lo general, mantiene una distancia adecuada entre uno y lo percibido.
Así, lo que hace posible el delirio no es la aparición de imágenes falsas, sino la alteración de un equilibrio fundamental. Cuando la percepción ya no logra mantener una distancia entre el yo y las cosas, éstas dejan de ser objetos del mundo para convertirse en mensajes personales, amenazas ocultas, revelaciones codificadas. El mundo se convierte en un enigma que habla, pero cuyo sentido permanece inaccesible. Ya no es el sujeto quien dirige su atención hacia las cosas; son las cosas las que parecen apuntar al sujeto, observarlo, juzgarlo.
Conclusión
El análisis fenomenológico de la percepción permite comprender mejor la profundidad de la crisis que atraviesa el sujeto esquizofrénico. No se trata simplemente de un trastorno de la interpretación o de un exceso de imaginación: es una modificación radical del vínculo con el mundo. Allí donde la percepción ordinaria teje una continuidad fluida entre el sujeto y su entorno, el delirio marca una ruptura: el mundo se deshace, se fragmenta, o bien se impone con una cercanía abrumadora.
En este sentido, la experiencia esquizofrénica nos obliga a reconsiderar la percepción misma: no como un simple registro del mundo real, sino como una forma de habitar, frágil y siempre por reconquistar. El delirio no es solo un error; es también, paradójicamente, un síntoma de nuestra vulnerabilidad perceptiva, y quizás una manera extrema de expresar que un mundo común siempre está en proceso de construcción.

Orlando García Parra es candidato a PhD en Filosofía de la Universidad Católica de Paris y la Universidad Lumsa de Roma.



