La psicopatología como nosografía: del signo al diagnóstico
Aristóteles nos enseña que el campo de aplicación y reflexión de toda ciencia está determinado por principios fundamentales que dicha ciencia no cuestiona. En este sentido, Heidegger señalaba que la ciencia no piensa, precisamente porque no le corresponde pensar los límites de su propio ejercicio, sino operar dentro de unos márgenes de claridad objetiva. En otras palabras, la ciencia actúa dentro de límites estrictos que no transgrede.
En el caso de la psicopatología, el dato fundamental del que parte —y al que vuelve— es un dato clínico: la existencia afectada por la enfermedad. La psicopatología comienza con el enfermo, aquejado por una sensación de extrañeza, desviación u obstáculo. Esta sensación da paso a una clasificación de trastornos que se enumeran, codifican y organizan según criterios objetivos y estandarizados. El DSM-5, manual de referencia de la psiquiatría contemporánea, encarna esta voluntad de clasificar el sufrimiento psíquico a partir de signos clínicos observables: se identifican los síntomas, se evalúa su intensidad, duración y frecuencia, y se establece un diagnóstico. Este método, riguroso y necesario, permite estructurar los tratamientos y constituye una base común para la investigación y la práctica clínica.
Sin embargo, esta clasificación se basa en un modelo semiológico, en el que los síntomas funcionan como signos que remiten a una supuesta disfunción subyacente. El síntoma se trata como un indicio observable que apunta a una causa oculta cuya manifestación sería una alteración en alguno de los procesos biológicos, psicológicos o del desarrollo. Aunque esta causa no siempre sea identificable, se da por supuesta. Desde esta perspectiva, la explicación causal se impone como marco privilegiado de inteligibilidad.
La fenomenología y la experiencia del trastorno
Frente a este modelo, la fenomenología no propone interpretar signos, sino describir la forma en que el mundo se le aparece al sujeto en su trastorno. No busca indicios de una etiología subyacente, sino estructuras vividas que configuran un modo específico de existencia. En lugar del síntoma, la fenomenología describe el fenómeno.
Heredera de la fenomenología transcendental de Husserl y desarrollada por pensadores como Binswanger, Blankenburg, Minkowski o Tatossian, la fenomenología psicopatológica propone volverse hacia la experiencia vivida de la enfermedad mental. Su pregunta fundamental no es cuál es la causa de la enfermedad, sino cómo se le manifiesta el mundo a quien la sufre. Busca comprender no sólo los signos externos de un trastorno, sino cómo se transforma la existencia misma: cómo se altera la relación con el tiempo, con los demás y consigo mismo.
Desde esta perspectiva, la enfermedad mental ya no es sólo una entidad mensurable o una disfunción identificable: se convierte en una modalidad de existencia. Así, por ejemplo, lo que llamamos «esquizofrenia» no es únicamente un conjunto de síntomas recurrentes, sino un cierto estilo de estar-en-el-mundo: una pérdida de la evidencia natural, una ruptura del vínculo de sentido con el entorno, una alteración de los marcadores más básicos de la autopercepción. El paciente ya no vive el mismo mundo que los demás. No se trata de una simple deficiencia objetiva o conductual, sino de una transformación profunda del modo en que se experimenta el mundo. La fenomenología intenta describir este mundo modificado, otorgándole una inteligibilidad propia.
Esto no quiere decir que la fenomenología niegue la realidad biológica o psicológica de los trastornos. Más allá de reconocer esas dimensiones, subraya que la enfermedad mental no se agota en una explicación causal u objetiva. Su dimensión subjetiva recuerda que estamos ante una forma de existir, desconcertante, a veces angustiante, pero siempre inteligible. Un sufrimiento que no puede medirse ni clasificarse completamente, sino que sólo puede comprenderse describiendo desde adentro el mundo vivido por la conciencia.
Esto no implica caer en una visión meramente individual o relativa de la enfermedad mental. Un concepto central de la fenomenología es el de eidos, o esencia. En la tradición husserliana, el eidos designa la estructura fundamental de una experiencia. No es un mecanismo causal ni un factor objetivo, sino un invariante vivido que permite reconocer una experiencia como perteneciente a cierto tipo. En psicopatología, buscar el eidos de un trastorno significa intentar captar lo que hace que un sufrimiento determinado pertenezca, por ejemplo, a la esfera depresiva, esquizofrénica o melancólica.
Desde el inicio, la fenomenología no interpreta signos, sino que busca invariantes vividos, estructuras eidéticas que permitan comprender los modos fundamentales en que el mundo puede aparecer a una conciencia perturbada. En este sentido, el eidos no fija al paciente en una definición abstracta o universal, sino que permite reconocer que lo que experimenta, por singular que sea, obedece a una lógica interna. Una lógica que no es necesariamente racional, pero sí coherente en su estructura. El eidos es lo que permite a la fenomenología estructurar el campo del sufrimiento sin reducirlo, discernir sus formas y darles una inteligibilidad compartible. Así, la dimensión subjetiva de la enfermedad mental se vuelve accesible como fenómeno intersubjetivo, y no como enigma meramente privado.
Pensar los trastornos como formas de vida
La fenomenología no rechaza las clasificaciones ni los instrumentos diagnósticos. Reconoce su utilidad, sobre todo en el ámbito clínico. Pero insiste en algo que estas herramientas suelen dejar de lado: el hecho de que el sufrimiento psíquico es, ante todo, una experiencia vivida. Una ruptura del sentido. Una fractura en la continuidad de la vida. Y esa fractura sólo puede comprenderse plenamente acercándose lo más posible al que la atraviesa.
Por eso, la fenomenología no se presenta como una crítica, sino como una propuesta complementaria. Nos invita a ampliar nuestra mirada, a pensar los trastornos no sólo como disfunciones, sino como formas de vida alteradas, transformadas —quizás marginales—, pero siempre profundamente humanas. Detrás de cada diagnóstico hay una subjetividad cuya vivencia es parte esencial de la comprensión y de la atención que merece toda enfermedad mental.

Orlando García Parra es candidato a PhD en Filosofía de la Universidad Católica de Paris y la Universidad Lumsa de Roma.



